Un viaje al corazón de la aridez
El acceso al Desierto del Diablo se realiza por la Ruta Provincial 27, que de pronto se transforma en un camino de tonos lacre oscuro. Bajo el sol del altiplano, el terreno brilla con una monocromía hipnótica. El tramo conocido como “Las Siete Curvas” serpentea entre dunas fósiles, picos de arcilla y cristales de yeso, ofreciendo un espectáculo natural que desafía la imaginación.
Geología milenaria y mitos locales
Las formaciones del desierto tienen entre 10 y 20 millones de años. Según el geólogo Ricardo Alonso, se trata de un paisaje monótono pero fascinante, formado por rocas rojas con influencia de evaporitas, yeso y sal. La parte inferior del terreno corresponde a antiguas dunas fósiles, mientras que la superior revela vestigios de antiguos mares salados.
Pero no todo es ciencia: las leyendas locales hablan de Huancar, el diablo, que habita en los laberintos del desierto. Algunos pobladores aseguran que quienes se adentran en sus entrañas podrían sellar pactos secretos con él.
Destino de aventura
Tolar Grande, el pueblo más cercano, cuenta con menos de 200 habitantes y se ha convertido en un punto de partida para exploradores y viajeros intrépidos. Dada la geografía extrema y la falta de servicios en la zona, se recomienda visitar el desierto acompañado por guías locales.
Un paisaje que desafía la realidad
El Desierto del Diablo no solo es una joya geológica, sino también un testimonio de la belleza agreste del norte argentino. En un país de paisajes diversos, este rincón salteño se destaca por su capacidad de transportar al visitante a otro mundo, sin salir de la Tierra.
Redacción Aljaba Comunicación
Fotos de @gaston_luna